Durante décadas, el verano en Badajoz tenía una imagen inseparable: familias enteras refrescándose en el Guadiana como si se tratara de una gran playa fluvial en pleno corazón de la ciudad. Hoy esa escena pertenece casi por completo a la memoria colectiva. El baño desapareció poco a poco hasta convertirse en algo prohibido y, para muchos, impensable.
La transformación no ocurrió de un día para otro. Expertos y organismos ambientales señalan una combinación de factores que acabó alejando a los pacenses del agua: contaminación, regulación artificial del cauce y problemas de seguridad.
A partir de los años setenta, el crecimiento urbano y agrícola incrementó la presión sobre el río. Durante años, el Guadiana recibió vertidos urbanos insuficientemente depurados y una elevada carga de fertilizantes procedentes del campo. El deterioro de la calidad del agua favoreció la proliferación de algas y microorganismos, además de malos olores y lodos en algunas zonas.
A ello se sumó la construcción de presas y azudes, que redujeron la velocidad natural de la corriente. Un río más lento se estanca con mayor facilidad y acumula sedimentos y vegetación invasora. En los últimos años, especies como el camalote o el nenúfar mexicano han llegado a cubrir amplias superficies del cauce, obligando a realizar costosas campañas de limpieza.
Pero el problema no es solo ambiental. Las autoridades llevan años alertando también del riesgo para los bañistas. Los azudes urbanos generan corrientes, desniveles y remolinos peligrosos que han provocado varios accidentes mortales. Aunque algunas personas siguen entrando al agua en verano, el baño dejó de considerarse seguro.
Más allá de la contaminación o las prohibiciones, muchos vecinos creen que la ciudad también cambió su relación con el río. El Guadiana pasó de ser un espacio cotidiano de convivencia y ocio popular a convertirse principalmente en un lugar de paseo y deporte.
Sin embargo, el recuerdo sigue vivo entre generaciones enteras de pacenses que aún hablan de aquellos veranos “cuando todo el mundo se bañaba en el río”. Para ellos, la pérdida del baño en el Guadiana no es solo una cuestión ambiental: es también el final de una parte de la vida de la ciudad.