mayo 3, 2026

Durante siglos, la humanidad se preguntó quién era. Filósofos, científicos, teólogos… todos intentando descifrar el misterio de la identidad. Por suerte, en 2026 hemos resuelto el dilema: eres un hurón espiritual y no lo sabías.

El fenómeno Therian nos regala esta revelación: hay personas que no solo sienten afinidad por un animal, sino que son ese animal en esencia.

No en sentido poético —eso sería demasiado sencillo— sino en modo metafísico premium. Cuerpo humano, alma con pelo.

La escena es difícil de superar: alguien afirma ser un lobo ancestral mientras consulta el saldo bancario en su app. La naturaleza salvaje, eso sí, con reconocimiento facial.

Se habla de “despertar”. Siempre hay un despertar. Nadie descubre que es una ardilla un martes cualquiera doblando calcetines; ocurre tras una epifanía, preferiblemente narrada en vídeo vertical con música etérea de fondo. El algoritmo, gran chamán contemporáneo, hace el resto.

Lo asombroso no es que alguien explore su identidad. Eso es tan viejo como el espejo. Lo verdaderamente prodigioso es la solemnidad. La convicción. La gravedad con la que se expone que uno siente una cola invisible mientras espera el autobús.

Y, por supuesto, la inmunidad argumental: como la experiencia es interna, cualquier duda externa es ignorancia. Si preguntas, no entiendes. Si dudas, estás dormido. Si sonríes, eres intolerante. Jaque mate dialéctico.

Internet ha democratizado todo, incluida la épica personal. Antes eras raro en soledad; ahora eres extraordinario en comunidad. Siempre habrá un foro dispuesto a confirmar que no, no es que estés atravesando una etapa confusa: eres un tejón cósmico mal clasificado por la biología oficial.

La contradicción es deliciosa. Se cuestionan categorías tradicionales… para abrazar otra aún más rígida: especie asignada, comportamientos definidos, narrativa cerrada. Libertad absoluta, pero con manual de fauna.

Mientras tanto, el “animal interior” muestra una adaptación prodigiosa al entorno moderno. No huye al bosque. No rechaza el asfalto. No muerde routers. El lobo espiritual acepta Bizum.

Quizá el fenómeno no trate de zoología mística, sino de algo más humano y más incómodo: la necesidad feroz de ser especial en un mundo saturado de especiales. Cuando destacar es obligatorio, ser persona ya no impresiona. Hay que añadir colmillos simbólicos.

Al final, puede que nadie sea realmente un mapache ancestral. Pero nunca habíamos sido tan expertos en convertir cualquier sensación en identidad con logotipo.

Y eso, no es instinto animal. Es branding existencial con orejas postizas.

Roberto Aguado

 

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